miércoles, 15 de abril de 2015

Un cuento para Andrea



Este es el cuento, querida Andrea, de una niña que se parece mucho a vos, en cuyos ojos guardaba el esplendor de una mañana de primavera; en sus mejillas, el perfume de las flores rosáceas que crecen a la orilla del arroyo, al pie de los almendros, en mi solar; y, sus manos tenían la delicadeza y la suavidad de las princesas que deshojan flores al atardecer, cual si fueran para confeccionar hermosos vestidos de piel con luz y calor que abriga a la palma en las costas de mi país.
Y la niña, que no era princesa pero que soñaba serlo, como sueñan todas las niñas enamoradas, era una verdadera flor, una joya de la naturaleza, un crepúsculo hecho canción, la armonía de las frases que repiten los amantes bajo el balcón, llevaba al pecho, incrustado en su vestido de color rosa, una espina con la que sacrificaba a los gusanos antes de que fueran a su capullo y se convirtieran en mariposas… y trotaba y corría de un lado para otro como chiquilla endiablada, poseída por el ángel de la locura, si acaso éste existe.
Desde que amanecía hasta que el sol se ponía sobre su cabeza, se perdía en la inmensa espesura del jardín poblado de margaritas y crisantemos, de lotos y magnolias, azahares y tulipanes, y, al abandonar sus juegos, regresaba al comedor a degustar una taza de chocolate caliente, toda impregnada de aromas, con el pelo alborotado, cubierto de ramitas y hojas secas, llevando entre sus manos algún nido de palomas, el que luego ponía junto al fogón de manera que sirviese como nido de su pequeño gato frente gris.
Sí, Andrea, ya sé que estás inquieta por saber su nombre: ¡Rosa Argentina! Helo ahí. Propio para una princesa de las que inundan nuestras fantasías de deseos y esperanzas, y alimentan los sueños ante el espanto y las sombras, prolongando el temblor de nuestros huesos con la mirada mágica y el beso que se posa sobre el cáliz aterciopelado del clavel, inclinado suavemente, entre dos manos, como en ofrecimiento, hacia el sol…
Y, es que cuando la pequeña doncella salía a jugar a su escondite secreto en el jardín, siempre tenía el cuidado de fijar sus ojos en los difuminados rayos luminosos que se pierden sobre la vastedad del azul, mientras deshojaba con sus minúsculas manos de niña traviesa la flor que más le encantara aquella mañana, hasta que la fuerza dominante del disco del sol, casi imperceptible entre las nubes, le hiciera derramar una lágrima que corría por sus mejillas doradas hasta la esquina donde se unen sus labios, a veces sólo una gota, otras veces hasta empañar el color rosa de su piel. Luego, se sentaba en el suelo a recoger semillas de un viejo roble, al que subía de vez en cuando para mirar el horizonte, y soñar que se vuela lejos y no se vuelve…
Una mañana en que nuestra princesa jugaba sobre el césped y corría a paso veloz, como Diana la cazadora, en tanto era perseguida por una multitud de gatos que le arañaban su vestido blanco con encajes de seda, obligándola a tumbarse al suelo y a quitarse su chaleco, de modo que sus hombros quedasen al descubierto, vino una paloma negra, volando con ligereza y llevando en su pico una hoja de eucalipto a la que fue anudado un hilo de oro, presuntamente perteneciente al traje de algún príncipe o emperador de cierto país de Oriente, de esos que se cuentan grandes aventuras.
Y posóse el ave sobre su hombro izquierdo, mientras el pequeño gato frente gris procuraba el salto más alto para alcanzarla y devorarla. Quitóle la hoja del pico y la guardó junto a la espina, al lado de su corazón, entre su corpiño y la brillante piel de su seno diminuto, y se fue, silbando tenuemente una canción de otoño y luz, jugando con las enredaderas, bebiéndose los rayos del sol, corriendo en el fango, manchando sus zapatos, recogiendo y contando las hojas caídas para hacerse con ellas un collar que luego se pondría cuando la buena de su madre le llamase a la cocina a degustar una rica taza de chocolate con galletas de maíz.
Cada mañana, al levantarse, sacaba de debajo de su almohada la hoja de eucalipto, porque era ahí que en las noches la guardaba, y dábale un beso mientras cerraba sus ojos como pidiendo un deseo, y murmuraba algo en silencio que ni siquiera las paredes de su cuarto podrían oírla, luego, cuando ya se había aseado, bajaba las escaleras acompañada de su gato frente gris, y habiendo bebido su jugo se dirigía hacia el palomar, donde la esperaban con ansias para emprender el vuelo; y, aquel día, solamente la negra paloma no quiso salir y Rosa Argentina se asomó curiosa para verla y, ¡oh maravilla!, la paloma ya no era negra sino de color rosa.
Rosa Argentina estaba más que anonadada, miraba fijamente a la que otrora fuera negra y ahora la tenía ahí, siendo del color que más le agradaba a sus ojos; extendió su mano y sacóla de la gigantesca jaula que la hacía prisionera, y, desde aquel instante, decidió llevársela a su habitación y hacerle un nido con sus sábanas blancas, le daba de comer cereales y de beber vino, se la acurrucaba junto al pecho haciéndole oír los sonidos de su corazón y se la ponía junto al oído para escuchar, también, su corazón, y se preguntaba cómo podía ser que antes haya sido negra y ahora del color de sus mejillas; y dormían juntas la siesta de la tarde, bajo la sombra del viejo roble.
Hacía mucho tiempo la última crucifixión de los gusanos en manos de la pequeña Rosa Argentina, la dulce niña que guardaba en sus pupilas la transparencia del sol y los besos de la luna al amanecer, y cuyos gestos simulaban el rítmico movimiento de las plantas al ser rozadas por algún corredor empedernido, cuando, una mañana de frío invierno, despertó atolondrada y desesperada, dando gritos de auxilio, pidiendo que no la encerrasen, que nada de lo que pasaba era su culpa, que todo había sido un error, que no fue su intención confundir a la naturaleza.
La buena de su madre corrió hacia ella y, apenas logró oír la última frase, preguntándole lo que le ocurría, que si fue una pesadilla, o si por comer demasiado en la cena, y le tomaba las manos mientras le miraba cómo sudaba copiosamente, y se frotaba la frente y cambiaba de color, de un rosado encendido, tan natural como era ella, hasta un pálido gris, y se llevaba ambas manos a la garganta como queriendo soltarse algún nudo, por lo que su madre pudo entender que se estaba asfixiando, y fue urgente y necesario llamar al médico.
Unas horas más tardes, el doctor salía de la habitación seguido de la pequeña Rosa Argentina, tan grácil y tan jovial, lo que dejó perplejos a los presentes. Ni siquiera el médico que era amigo de la madre desde que fueron a la escuela juntos, en la infancia, y le había frecuentado durante tanto tiempo y atendido a tantos pacientes con diversas enfermedades se podía explicar lo que le ocurrió a nuestra princesa, ni menos su nana, quien le hubo de prodigar cuidados y cariños desde que nació y así la vio crecer sin ningún tipo de quebranto ni padecer mal alguno, ni ella pues podía responder a las preguntas del médico.
El día transcurrió de lo más normal. Rosa fue al jardín a jugar con los animales que tantos mimos le ofrecían, con su pequeño gato frente gris que siempre terminaba por destrozarle su vestido, con su nueva amiga, la paloma que en su pico tenía pintado un pedazo de cielo; y, aunque sentía grandes deseos de ir y capturar gusanos para traspasarles su cuerpo anillado con la espina se contuvo las ganas; acordóse de la hoja de eucalipto amarrada con el hilo de oro que siempre guardaba en su pecho y ese día olvidó sacarla de debajo de su almohada; corrió y corrió con tal prisa que el aliento le faltaba, subió las escaleras hasta su habitación, llegó a su cama, levantó la almohada, y…
Rosa Argentina permaneció de rodillas al lado de su cama, juntas las manos, como rezando, inclinada la cabeza, contemplando ante su vista una pluma de color gris y un trozo de tela de seda que brillaba con cada rayo de luz que entraba por la ventana; de repente, ¡oh visión de sangre y placer!, apostada en un nido de suave plumaje, ahí estaba su paloma, engalanada de misterio, dócil y mágica, presta a un sacrificio voluntario, esperando sublime el aguijón de la muerte, abriendo sus alas y dejando el pecho al desnudo, dando paso a la penetración de la espina, para confundirse con la carne virgen…
Afuera, el viento con su fuerza mecía las palmas, alborotaba el polvo y alteraba el volar de las aves; el sol se había opacado ante la presencia de una nube celeste-gris; los maullidos de los gatos se perdían entre los ramajes, en las alamedas. Un remolino de hojas secas se formó en las orillas del jardín, y voló el suspiro, el sueño y la locura, el deseo impúber en la pubertad de las niñas, el cantar armónico y silencioso bajo la fronda del viejo roble, el susurro apasionado y tenue, hacia la soledad de los astros que dormitan al pie fulgurante de un rayo de sol.
Para Rosa Argentina todo era confuso, primero el aparecimiento de una paloma negra, en pleno juego de niña al calor de la tarde, que de un día a otro se tornó en rosada, y le llevó en su pico una hoja de aromático eucalipto, que el día de su extraña enfermedad la encontró convertida en pluma de no supo qué ave (y el hilo de oro convertido en un trozo de tela de seda), el sueño donde suplicaba auxilio y la visión del sacrificio de su amiga la paloma por la misma espina con que había dado muerte a tantos gusanos, impidiendo que la naturaleza se demostrara a sí misma el poder y la magia creativa… ¡todo era curioso y perturbador!
Era una mañana de domingo, y nuestra princesa jugaba en el jardín con sus gatos, y en sus hombros la triste y dulce paloma color rosa. De repente, el viento sopló y sopló tan fuerte que levantó tantas ramas y hojas secas formando un remolino con ello y, casi al instante, una voz como de tímido fantasma se oyó y le puso los nervios de punta. Y sintió miedo y quiso correr, y gritar, y esconderse bajo la cama, y nada podía. Un terrible peso en sus piernas se lo impidió. Y sentía que, a medida que la voz se prolongaba en un susurro, su cuerpo se desvanecía en el torbellino bajo sus pies.
Y, por mucho que intentara aferrarse a las arboledas del jardín, amarrarse fuertemente con sus manos al tronco del viejo roble, asirse de los bejucos que allí crecían… Rosa Argentina se hundía en el suelo… y, aunque no lloraba, tenía miedo, y sabía que no habría manera de revertir su situación, y se vio hundida en la tierra hasta sus rodillas; quiso levantar su falda y estaba torada; a los pocos minutos, su cuerpo era mitad polvo y mitad carne, sus manos luchaban contra la fuerza succionadora: ¡quién sabe qué duende que habita las profundidades de la tierra habráse enamorado de la tierna y dulce Rosa Argentina, malvada como cualquier niña de tu edad, querida Andrea, mientras le observaba jugar como chiquilla endiablada en algún rincón de su jardín!
Todo el esfuerzo de nuestra princesa era inútil. Y sólo una paloma negra que luego fue rosa y que nunca se supo de dónde llegó, y un gato frente gris que fue su amigo de sueños y juegos y con quien, a veces, sostenía extrañas conversaciones sobre mundos fantásticos y cuentos de hadas, de caballeros con sable y ropa púrpura, personajes que habitaron su loca imaginación, sólo ellos, en aquel momento, fueron los únicos testigos que le vieron su lucha y su resistencia hasta entregarse con poca complacencia a la fuerza natural que le arrebataba el alma y le despedazaba el corazón… sólo ellos le vieron expresar la última y la más delicada de sus sonrisas, un tanto con dolor y un poco con resignación, y ahogar su mirada…
Cuando la buena de su madre le llamó para que tomara el chocolate de la tarde, luego de dos veces que nuestra princesa no acudió a su llamado, decidió ir en su busca y sacarla de su escondite secreto, a los pies del viejo roble, y, al llegar, lo único que encontró fue el vestido celeste tirado y aprisionado en el suelo, donde el pequeño gato frente gris había escarbado con sus garras y enterrado la espina con que nuestra princesa acostumbraba sacrificar a los gusanos. La madre intentó recuperar el vestido y, aunque no se explicaba lo sucedido, comprendió que la nena no sería más en su vida la esperanza de un futuro feliz, sino una luz en la aurora, que alumbraría sus pasos al amanecer, y sintió en sus mejillas la magia y el pudor de un beso aromado de sol.
Sí, Andrea, Rosa Argentina fue una niña como vos: a veces malcriada y caprichosa, otras, tierna y mimada; y, por momentos tenía en sus dientes tanta furia que podía desgarrar la mano de aquel que no fuera de su agrado, digno de su amistad y confianza. Era dueña de un espíritu trotamundo, afable, y, como todas las niñas a su edad, poseía el enigma y la belleza, el canto y la locura; no había en ella una cosa que fuera normal, todo era raro, y siempre soñaba con que a su jardín llegaba un caballo negro con alas blancas y se la llevaba a recorrer el mundo.
Desde aquel domingo en que la mañana se hizo eterna y perdió la luz la magia de su resplandor, en el centro del jardín, donde todavía se pueden apreciar los restos de un viejo vestido y huellas de uñas en el viejo roble, ahí, donde vos y yo, querida Andrea, sabemos quién descansa durmiendo la siesta del siglo, crece una flor, y se dice que es la flor más bella que haya jamás el sol, y es cuidada como un tesoro que no debe ser descubierto nunca por nadie por un gato frente gris que se pasea con la mirada fija en su corola y una paloma que en primavera es negra y en invierno es color de rosa… 
José Luis Núñez L.
Jinotepe, enero y febrero de 2007.

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