Don Oso está de fiesta. Es
su cumpleaños número cuarenta y cinco. Sus amigos quieren ofrecerle un regalo especial.
De manera que Don Oso se muestre contento y lo recuerde para toda la vida. Y,
entre todos los animales de la comunidad, le preparan una sorpresa.
Reunidos,
a escondidas, detrás del viejo guanacaste a la orilla del camino, planearon los
detalles de la fiesta. Discuten, y gritan. Pero no logran ponerse de acuerdo
sobre lo que podría ser el regalo, lo que le gustaría más a Don Oso.
Algunos
quisieran regalarle la pintura de una rosa, de esas que aparecen una vez cada
mil años. Otros, una olla repleta de purita miel silvestre. Y, otros sugieren
tejer entre todos una bufanda del color de la risa con las mejores telas y los
hilos más finos del mercado.
El
cumpleaños de Don Oso es el viernes. Y los regalos son diversos: el arco iris
impreso en el pétalo de una magnolia; una pluma de quetzal (¿o sería mejor de
pavo real?); una hamaca para que descanse en el verano. ¿Qué tal el resplandor
de una estrella fugaz en una noche oscura y lluviosa?
Don Oso
se pasea por el campo. Siente que sus amigos están cada vez más lejanos. Pero
no sospecha nada. Se ha deprimido pues no puede hablar con nadie. Y cuando
siente que su tristeza es enorme y se culpa por todo, aparece Conejita:
— ¡Feliz
cumpleaños, Don Oso!
Y más
sorprendido que alegre, a Don Oso le dio un vuelco el corazón. Sabía que
Conejita siempre había estado enamorada de él, a pesar de la edad. Y es que
ella apenas tenía veinte años. Y se sintió un verdadero Juan de Marco.
— Don
Oso, usted sabe cuánto lo aprecio, lo mucho que lo quiero. Espero le agrade
esta taza de pozol con leche y estas rosquillas recién salidas del horno.
— ¡Gracias,
Conejita! ¡Eres mi mejor regalo!
Don Oso
se sintió tan feliz que corrió y saltó de un lugar a otro, sintiéndose con la
fuerza y el vigor de veinticinco años atrás. Luego, le tomó la mano a Conejita,
y juntos se perdieron en la inmensidad del campo sembrado de trigo.
José Luis
Núñez L.

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