Este es el cuento, querida Andrea, de una niña que
se parece mucho a vos, en cuyos ojos guardaba el esplendor de una mañana de
primavera; en sus mejillas, el perfume de las flores rosáceas que crecen a la
orilla del arroyo, al pie de los almendros, en mi solar; y, sus manos tenían la
delicadeza y la suavidad de las princesas que deshojan flores al atardecer,
cual si fueran para confeccionar hermosos vestidos de piel con luz y calor que
abriga a la palma en las costas de mi país.
Y la niña, que no era princesa pero
que soñaba serlo, como sueñan todas las niñas enamoradas, era una verdadera
flor, una joya de la naturaleza, un crepúsculo hecho canción, la armonía de las
frases que repiten los amantes bajo el balcón, llevaba al pecho, incrustado en
su vestido de color rosa, una espina con la que sacrificaba a los gusanos antes
de que fueran a su capullo y se convirtieran en mariposas… y trotaba y corría
de un lado para otro como chiquilla endiablada, poseída por el ángel de la
locura, si acaso éste existe.
Desde que amanecía hasta que el sol
se ponía sobre su cabeza, se perdía en la inmensa espesura del jardín poblado
de margaritas y crisantemos, de lotos y magnolias, azahares y tulipanes, y, al
abandonar sus juegos, regresaba al comedor a degustar una taza de chocolate
caliente, toda impregnada de aromas, con el pelo alborotado, cubierto de
ramitas y hojas secas, llevando entre sus manos algún nido de palomas, el que
luego ponía junto al fogón de manera que sirviese como nido de su pequeño gato
frente gris.
Sí, Andrea, ya sé que estás
inquieta por saber su nombre: ¡Rosa Argentina! Helo ahí. Propio para una
princesa de las que inundan nuestras fantasías de deseos y esperanzas, y
alimentan los sueños ante el espanto y las sombras, prolongando el temblor de
nuestros huesos con la mirada mágica y el beso que se posa sobre el cáliz
aterciopelado del clavel, inclinado suavemente, entre dos manos, como en
ofrecimiento, hacia el sol…
Y, es que cuando la pequeña
doncella salía a jugar a su escondite secreto en el jardín, siempre tenía el
cuidado de fijar sus ojos en los difuminados rayos luminosos que se pierden
sobre la vastedad del azul, mientras deshojaba con sus minúsculas manos de niña
traviesa la flor que más le encantara aquella mañana, hasta que la fuerza
dominante del disco del sol, casi imperceptible entre las nubes, le hiciera
derramar una lágrima que corría por sus mejillas doradas hasta la esquina donde
se unen sus labios, a veces sólo una gota, otras veces hasta empañar el color
rosa de su piel. Luego, se sentaba en el suelo a recoger semillas de un viejo
roble, al que subía de vez en cuando para mirar el horizonte, y soñar que se
vuela lejos y no se vuelve…
Una mañana en que nuestra princesa
jugaba sobre el césped y corría a paso veloz, como Diana la cazadora, en tanto
era perseguida por una multitud de gatos que le arañaban su vestido blanco con
encajes de seda, obligándola a tumbarse al suelo y a quitarse su chaleco, de
modo que sus hombros quedasen al descubierto, vino una paloma negra, volando
con ligereza y llevando en su pico una hoja de eucalipto a la que fue anudado
un hilo de oro, presuntamente perteneciente al traje de algún príncipe o
emperador de cierto país de Oriente, de esos que se cuentan grandes aventuras.
Y posóse el ave sobre su hombro
izquierdo, mientras el pequeño gato frente gris procuraba el salto más alto
para alcanzarla y devorarla. Quitóle la hoja del pico y la guardó junto a la
espina, al lado de su corazón, entre su corpiño y la brillante piel de su seno
diminuto, y se fue, silbando tenuemente una canción de otoño y luz, jugando con
las enredaderas, bebiéndose los rayos del sol, corriendo en el fango, manchando
sus zapatos, recogiendo y contando las hojas caídas para hacerse con ellas un
collar que luego se pondría cuando la buena de su madre le llamase a la cocina
a degustar una rica taza de chocolate con galletas de maíz.
Cada mañana, al levantarse, sacaba
de debajo de su almohada la hoja de eucalipto, porque era ahí que en las noches
la guardaba, y dábale un beso mientras cerraba sus ojos como pidiendo un deseo,
y murmuraba algo en silencio que ni siquiera las paredes de su cuarto podrían
oírla, luego, cuando ya se había aseado, bajaba las escaleras acompañada de su
gato frente gris, y habiendo bebido su jugo se dirigía hacia el palomar, donde
la esperaban con ansias para emprender el vuelo; y, aquel día, solamente la
negra paloma no quiso salir y Rosa Argentina se asomó curiosa para verla y, ¡oh
maravilla!, la paloma ya no era negra sino de color rosa.
Rosa Argentina estaba más que
anonadada, miraba fijamente a la que otrora fuera negra y ahora la tenía ahí,
siendo del color que más le agradaba a sus ojos; extendió su mano y sacóla de
la gigantesca jaula que la hacía prisionera, y, desde aquel instante, decidió llevársela
a su habitación y hacerle un nido con sus sábanas blancas, le daba de comer
cereales y de beber vino, se la acurrucaba junto al pecho haciéndole oír los
sonidos de su corazón y se la ponía junto al oído para escuchar, también, su corazón,
y se preguntaba cómo podía ser que antes haya sido negra y ahora del color de
sus mejillas; y dormían juntas la siesta de la tarde, bajo la sombra del viejo
roble.
Hacía mucho tiempo la última
crucifixión de los gusanos en manos de la pequeña Rosa Argentina, la dulce niña
que guardaba en sus pupilas la transparencia del sol y los besos de la luna al
amanecer, y cuyos gestos simulaban el rítmico movimiento de las plantas al ser
rozadas por algún corredor empedernido, cuando, una mañana de frío invierno,
despertó atolondrada y desesperada, dando gritos de auxilio, pidiendo que no la
encerrasen, que nada de lo que pasaba era su culpa, que todo había sido un
error, que no fue su intención confundir a la naturaleza.
La buena de su madre corrió hacia
ella y, apenas logró oír la última frase, preguntándole lo que le ocurría, que
si fue una pesadilla, o si por comer demasiado en la cena, y le tomaba las
manos mientras le miraba cómo sudaba copiosamente, y se frotaba la frente y
cambiaba de color, de un rosado encendido, tan natural como era ella, hasta un
pálido gris, y se llevaba ambas manos a la garganta como queriendo soltarse
algún nudo, por lo que su madre pudo entender que se estaba asfixiando, y fue urgente
y necesario llamar al médico.
Unas horas más tardes, el doctor salía
de la habitación seguido de la pequeña Rosa Argentina, tan grácil y tan jovial,
lo que dejó perplejos a los presentes. Ni siquiera el médico que era amigo de
la madre desde que fueron a la escuela juntos, en la infancia, y le había
frecuentado durante tanto tiempo y atendido a tantos pacientes con diversas
enfermedades se podía explicar lo que le ocurrió a nuestra princesa, ni menos
su nana, quien le hubo de prodigar cuidados y cariños desde que nació y así la
vio crecer sin ningún tipo de quebranto ni padecer mal alguno, ni ella pues
podía responder a las preguntas del médico.
El día transcurrió de lo más
normal. Rosa fue al jardín a jugar con los animales que tantos mimos le
ofrecían, con su pequeño gato frente gris que siempre terminaba por destrozarle
su vestido, con su nueva amiga, la paloma que en su pico tenía pintado un
pedazo de cielo; y, aunque sentía grandes deseos de ir y capturar gusanos para
traspasarles su cuerpo anillado con la espina se contuvo las ganas; acordóse de
la hoja de eucalipto amarrada con el hilo de oro que siempre guardaba en su
pecho y ese día olvidó sacarla de debajo de su almohada; corrió y corrió con
tal prisa que el aliento le faltaba, subió las escaleras hasta su habitación,
llegó a su cama, levantó la almohada, y…
Rosa Argentina permaneció de
rodillas al lado de su cama, juntas las manos, como rezando, inclinada la
cabeza, contemplando ante su vista una pluma de color gris y un trozo de tela
de seda que brillaba con cada rayo de luz que entraba por la ventana; de repente,
¡oh visión de sangre y placer!, apostada en un nido de suave plumaje, ahí
estaba su paloma, engalanada de misterio, dócil y mágica, presta a un
sacrificio voluntario, esperando sublime el aguijón de la muerte, abriendo sus
alas y dejando el pecho al desnudo, dando paso a la penetración de la espina,
para confundirse con la carne virgen…
Afuera, el viento con su fuerza
mecía las palmas, alborotaba el polvo y alteraba el volar de las aves; el sol
se había opacado ante la presencia de una nube celeste-gris; los maullidos de
los gatos se perdían entre los ramajes, en las alamedas. Un remolino de hojas
secas se formó en las orillas del jardín, y voló el suspiro, el sueño y la
locura, el deseo impúber en la pubertad de las niñas, el cantar armónico y
silencioso bajo la fronda del viejo roble, el susurro apasionado y tenue, hacia
la soledad de los astros que dormitan al pie fulgurante de un rayo de sol.
Para Rosa Argentina todo era
confuso, primero el aparecimiento de una paloma negra, en pleno juego de niña
al calor de la tarde, que de un día a otro se tornó en rosada, y le llevó en su
pico una hoja de aromático eucalipto, que el día de su extraña enfermedad la
encontró convertida en pluma de no supo qué ave (y el hilo de oro convertido en
un trozo de tela de seda), el sueño donde suplicaba auxilio y la visión del
sacrificio de su amiga la paloma por la misma espina con que había dado muerte
a tantos gusanos, impidiendo que la naturaleza se demostrara a sí misma el
poder y la magia creativa… ¡todo era curioso y perturbador!
Era una mañana de domingo, y
nuestra princesa jugaba en el jardín con sus gatos, y en sus hombros la triste
y dulce paloma color rosa. De repente, el viento sopló y sopló tan fuerte que
levantó tantas ramas y hojas secas formando un remolino con ello y, casi al
instante, una voz como de tímido fantasma se oyó y le puso los nervios de
punta. Y sintió miedo y quiso correr, y gritar, y esconderse bajo la cama, y
nada podía. Un terrible peso en sus piernas se lo impidió. Y sentía que, a
medida que la voz se prolongaba en un susurro, su cuerpo se desvanecía en el
torbellino bajo sus pies.
Y, por mucho que intentara
aferrarse a las arboledas del jardín, amarrarse fuertemente con sus manos al
tronco del viejo roble, asirse de los bejucos que allí crecían… Rosa Argentina
se hundía en el suelo… y, aunque no lloraba, tenía miedo, y sabía que no habría
manera de revertir su situación, y se vio hundida en la tierra hasta sus
rodillas; quiso levantar su falda y estaba torada; a los pocos minutos, su
cuerpo era mitad polvo y mitad carne, sus manos luchaban contra la fuerza
succionadora: ¡quién sabe qué duende que habita las profundidades de la tierra
habráse enamorado de la tierna y dulce Rosa Argentina, malvada como cualquier
niña de tu edad, querida Andrea, mientras le observaba jugar como chiquilla
endiablada en algún rincón de su jardín!
Todo el esfuerzo de nuestra
princesa era inútil. Y sólo una paloma negra que luego fue rosa y que nunca se
supo de dónde llegó, y un gato frente gris que fue su amigo de sueños y juegos
y con quien, a veces, sostenía extrañas conversaciones sobre mundos fantásticos
y cuentos de hadas, de caballeros con sable y ropa púrpura, personajes que
habitaron su loca imaginación, sólo ellos, en aquel momento, fueron los únicos
testigos que le vieron su lucha y su resistencia hasta entregarse con poca complacencia
a la fuerza natural que le arrebataba el alma y le despedazaba el corazón… sólo
ellos le vieron expresar la última y la más delicada de sus sonrisas, un tanto
con dolor y un poco con resignación, y ahogar su mirada…
Cuando la buena de su madre le
llamó para que tomara el chocolate de la tarde, luego de dos veces que nuestra
princesa no acudió a su llamado, decidió ir en su busca y sacarla de su
escondite secreto, a los pies del viejo roble, y, al llegar, lo único que
encontró fue el vestido celeste tirado y aprisionado en el suelo, donde el
pequeño gato frente gris había escarbado con sus garras y enterrado la espina
con que nuestra princesa acostumbraba sacrificar a los gusanos. La madre
intentó recuperar el vestido y, aunque no se explicaba lo sucedido, comprendió
que la nena no sería más en su vida la esperanza de un futuro feliz, sino una
luz en la aurora, que alumbraría sus pasos al amanecer, y sintió en sus
mejillas la magia y el pudor de un beso aromado de sol.
Sí, Andrea, Rosa Argentina fue una
niña como vos: a veces malcriada y caprichosa, otras, tierna y mimada; y, por
momentos tenía en sus dientes tanta furia que podía desgarrar la mano de aquel
que no fuera de su agrado, digno de su amistad y confianza. Era dueña de un
espíritu trotamundo, afable, y, como todas las niñas a su edad, poseía el
enigma y la belleza, el canto y la locura; no había en ella una cosa que fuera
normal, todo era raro, y siempre soñaba con que a su jardín llegaba un caballo
negro con alas blancas y se la llevaba a recorrer el mundo.
Desde aquel domingo en que la
mañana se hizo eterna y perdió la luz la magia de su resplandor, en el centro
del jardín, donde todavía se pueden apreciar los restos de un viejo vestido y
huellas de uñas en el viejo roble, ahí, donde vos y yo, querida Andrea, sabemos
quién descansa durmiendo la siesta del siglo, crece una flor, y se dice que es
la flor más bella que haya jamás el sol, y es cuidada como un tesoro que no
debe ser descubierto nunca por nadie por un gato frente gris que se pasea con
la mirada fija en su corola y una paloma que en primavera es negra y en
invierno es color de rosa…
José Luis Núñez L.


